
La marcha de la Patrulla Espiritual dejó una fotografía interesante para la política tijuanense. Dependiendo de quién cuente la historia, fue un fracaso rotundo o una demostración de fuerza sin precedentes. Los detractores aseguran que no logró reunir a las miles de personas prometidas. Sus seguidores afirman que jamás un movimiento ciudadano había logrado algo similar. Como casi siempre ocurre en política, la verdad se encuentra en medio.
Lo primero que debe decirse es que Jesús Ignacio Osuna Torres, mejor conocido como El Chiquilín, logró algo que muchos regidores, diputados y funcionarios no han conseguido en años: poner a hablar a toda la ciudad sobre él. Durante semanas fue tema de conversación en redes sociales, programas de radio, espacios de opinión y grupos de WhatsApp. Eso, por sí solo, ya representa una victoria política. Pero una cosa es ser tema de conversación y otra muy distinta ganar una elección.
La movilización del pasado miércoles fue anunciada como una demostración de fuerza capaz de cimbrar a la clase política de Tijuana. Durante días se habló de miles de asistentes, de contingentes provenientes de distintos municipios y de una concentración que marcaría un antes y un después para el movimiento. Cuando se construyen expectativas tan altas, inevitablemente la evaluación posterior termina siendo mucho más severa.
La realidad es que la marcha reunió a una cantidad importante de simpatizantes, pero también es cierto que quedó lejos de las dimensiones que algunos de sus organizadores anticipaban. Por eso unos medios hablaron de fracaso y otros de éxito. Lo que cada quien vio dependió más de su posición frente al fenómeno que de la propia concentración.
Sin embargo, quienes celebran el supuesto fracaso podrían estar equivocándose. Porque mientras algunos partidos políticos necesitan toda una estructura para movilizar personas, El Chiquilín logró reunir a cientos o miles de simpatizantes alrededor de una causa específica. Eso no puede minimizarse ni ignorarse.
La Patrulla Espiritual encontró un terreno fértil para crecer en una ciudad golpeada durante años por las adicciones. Mientras gobiernos de distintos colores hablaban de programas y estadísticas, el movimiento construyó una narrativa basada en historias personales, rehabilitación y segundas oportunidades. Esa conexión emocional explica gran parte de su crecimiento.
La pregunta es si esa conexión emocional puede convertirse en una plataforma electoral competitiva. Porque una cosa es encabezar un movimiento social y otra muy distinta administrar una ciudad de más de dos millones de habitantes con problemas de seguridad, movilidad, agua, basura, infraestructura y desarrollo económico.
Hasta este momento, la conversación pública alrededor de la Patrulla Espiritual sigue concentrada principalmente en los centros de rehabilitación. Pero una candidatura a la alcaldía exige una visión mucho más amplia. Los ciudadanos eventualmente querrán saber qué piensa El Chiquilín sobre seguridad pública, pavimentación, transporte, desarrollo urbano, inversión y generación de empleos.
Y aquí aparece la pregunta central de esta historia: ¿realmente le alcanza al Chiquilín para convertirse en candidato competitivo a la Presidencia Municipal de Tijuana en 2027?
Porque una cosa es encabezar una marcha y otra muy distinta aparecer en una boleta electoral.
LAS 39 MIL FIRMAS
Existe un detalle que rara vez aparece en los videos de apoyo al Chiquilín. Si mañana decidiera competir por la vía independiente, no bastaría con llenar glorietas, encabezar marchas o acumular seguidores en Facebook. Primero tendría que superar la aduana electoral que ha dejado fuera a decenas de aspirantes antes que él.
En el proceso electoral más reciente, los aspirantes independientes a la alcaldía de Tijuana tuvieron que reunir el equivalente al 2.5% de la lista nominal municipal, lo que representó aproximadamente 39 mil 814 firmas válidas verificadas por la autoridad electoral. No hablamos de simpatizantes levantando la mano durante una concentración. Hablamos de ciudadanos plenamente identificados, registrados y validados conforme a los procedimientos legales.
Dicho en términos simples, para aparecer en una boleta electoral tendría que convencer formalmente a decenas de miles de ciudadanos para respaldar su proyecto. Y eso implica brigadas, auxiliares acreditados, estructura territorial, abogados, contadores, fiscalización, capacitación y una operación política permanente durante meses.
Porque una marcha puede organizarse durante algunas semanas. Reunir casi cuarenta mil firmas válidas requiere una maquinaria completamente distinta. Ahí es donde muchos movimientos sociales descubren que la movilización y la competitividad electoral no son lo mismo.
La pregunta entonces deja de ser cuántas personas acudieron a la marcha. La verdadera pregunta es cuántas de esas personas estarían dispuestas a salir nuevamente a las calles para recabar apoyos ciudadanos, promover una candidatura y defender votos durante una campaña completa.
¿ SE CREÓ ISMAEL BURGUEÑO SU PROPIA COMPETENCIA?
Existe además una lectura política que pocos están discutiendo públicamente. Mientras la atención se concentraba en la marcha y en la capacidad de movilización de la Patrulla Espiritual, algunos operadores políticos comenzaron a formular una pregunta incómoda: ¿no estará el alcalde Ismael Burgueño fortaleciendo a un liderazgo que eventualmente podría convertirse en un problema para sus propios intereses electorales?
La pregunta no surge de la nada. Hace apenas unos días, el gobierno municipal encabezado por Burgueño entregó 7.2 millones de pesos a la Patrulla Espiritual, en un acto ampliamente difundido y que muchos interpretaron como un respaldo político explícito hacia la organización encabezada por El Chiquilín. Para los simpatizantes del movimiento fue un reconocimiento merecido. Para sus críticos fue una apuesta política cuyos efectos todavía están por verse.
Diversas versiones que circulan en círculos políticos sostienen que si Burgueño no obtuviera eventualmente la candidatura de Morena a la gubernatura y terminara buscando la reelección en la alcaldía de Tijuana, podría encontrarse compitiendo por una parte importante del mismo electorado popular que hoy simpatiza con la Patrulla Espiritual. Dicho de otra manera, el apoyo que hoy fortalece a un aliado podría terminar fortaleciendo a un eventual adversario.
La política mexicana está llena de historias similares. Liderazgos que inicialmente fueron impulsados o respaldados por actores con mayor poder terminaron construyendo capital político propio hasta convertirse en competidores. No significa que eso vaya a ocurrir necesariamente en Tijuana, pero sí representa una posibilidad que algunos estrategas observan con atención.
Porque si algo demostró la marcha del miércoles es que El Chiquilín ya no es solamente el dirigente de una organización social. Hoy es un personaje con notoriedad pública, capacidad de convocatoria y una base de simpatizantes que lo sigue con disciplina.
Lo que sí parece exagerado es afirmar que hoy representa una amenaza electoral inmediata para toda la clase política de Baja California. No existe evidencia suficiente para sostener una afirmación de ese tamaño. Pero tampoco existe evidencia para descartarlo por completo.
La verdadera respuesta a la pregunta que da título a esta columna es incómoda para unos y otros. Hoy El Chiquilín tiene un movimiento social visible, una base de simpatizantes leales y capacidad de movilización. Lo que todavía no ha demostrado es que pueda transformar todo eso en una estructura electoral capaz de competir por el gobierno de la ciudad.
Porque llenar una glorieta es una cosa.
Llenar las urnas es otra completamente distinta.
Y entre una fotografía multitudinaria y una victoria electoral existe un camino mucho más largo de lo que muchos imaginan.