
Si hubiera que buscar un común denominador detrás de muchas de las crisis políticas que ha vivido Baja California durante los últimos años, inevitablemente aparecería un nombre: Jaime Bonilla. Cambian los gobiernos, cambian los partidos, cambian los aliados, pero él siempre encuentra la manera de volver al centro del conflicto.
Bonilla nunca ha sido un político de acuerdos. Lo suyo siempre ha sido la confrontación. Llegó al poder prometiendo una transformación y terminó convirtiéndose en uno de los personajes más polarizantes de la historia reciente del estado. Basta recordar la intentona de ampliar su mandato con la llamada Ley Bonilla, una maniobra que terminó siendo declarada inconstitucional por la Suprema Corte y que marcó para siempre su paso por la gubernatura.
Pero el problema con Jaime Bonilla nunca ha sido únicamente lo que hizo cuando gobernó. El verdadero problema es que pareciera incapaz de construir políticamente sin dividir, sin confrontar o sin destruir a alguien en el camino.
No es casualidad que prácticamente todos sus antiguos aliados hoy sean sus adversarios. Rompió con Morena. Rompió con quienes gobernaron a su lado. Rompió con quienes ayudó a llegar al poder. Y ahora pretende presentarse como la alternativa frente a los mismos personajes que él contribuyó a construir.
La confrontación más reciente la protagoniza con la gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda, quien lo acusó públicamente de haberle tendido una trampa para sostener una reunión con supuestos representantes estadounidenses y grabar conversaciones que posteriormente fueron filtradas. Bonilla rechazó esas acusaciones, pero una vez más su nombre apareció ligado a una operación política de alto impacto.
Como si eso fuera poco, el exdiputado federal Jaime Martínez Veloz ha llevado sus señalamientos todavía más lejos. En entrevistas recientes y en su libro, sostiene que Bonilla mantuvo vínculos como informante del FBI y que detrás de los recientes acontecimientos existe una operación política mucho más amplia. Incluso anunció que buscará presentar denuncias ante autoridades mexicanas y estadounidenses. Bonilla ha negado esas acusaciones, pero lo verdaderamente revelador no es sólo el contenido de los señalamientos, sino el tipo de historias que terminan acompañando siempre su trayectoria política.
Espionaje. Grabaciones. Filtraciones. Operaciones discretas. Traiciones. Esa narrativa persigue a Jaime Bonilla desde hace años y difícilmente puede considerarse una simple coincidencia.
Sin embargo, lo que más llama la atención no son las acusaciones. Es la enorme facilidad con la que cambia de discurso dependiendo de la conveniencia política del momento.
Hoy Bonilla quiere convertir a Montserrat Caballero en candidata a la gubernatura de Baja California. La presenta como una de las principales figuras del Partido del Trabajo y la lleva de la mano a reuniones con Dante Delgado, fundador de Movimiento Ciudadano, mientras crecen las versiones de una posible alianza entre ambos partidos rumbo al 2027.
Pero las redes sociales tienen memoria.
En los últimos días han resurgido videos donde el propio Jaime Bonilla descalificaba duramente a Montserrat Caballero, cuestionaba su capacidad para gobernar e incluso respaldaba una campaña política y mediática en su contra. Aquellos videos fueron tan agresivos que la entonces alcaldesa terminó presentando denuncias por violencia política y campañas sistemáticas de desprestigio.
¿Qué cambió entonces?
¿Cambió Montserrat… o cambió la conveniencia política de Jaime Bonilla?
Porque resulta difícil hablar de principios cuando ayer alguien era incapaz, incompetente y un desastre para gobernar, y hoy resulta ser la mejor opción para convertirse en gobernadora del estado.
Esa es, quizá, la característica que mejor define a Jaime Bonilla: la incongruencia convertida en estrategia política. Sus enemigos de ayer terminan siendo sus aliados de hoy. Sus discursos cambian con la misma facilidad con la que cambian sus intereses. Y las convicciones parecen durar exactamente lo que dura una coyuntura electoral.
Por eso cuesta trabajo creer que detrás de sus movimientos exista un proyecto para Baja California. Lo que sí parece existir es un proyecto para Jaime Bonilla.
Mientras la mayoría de los actores políticos intenta construir consensos, Bonilla sigue apostando por la confrontación. Donde llega hay división. Donde interviene hay rompimientos. Donde construye alianzas, tarde o temprano aparecen las traiciones. Es un estilo que ya conocemos y que, lamentablemente, ha dejado profundas heridas en la vida pública del estado.
Baja California necesita políticos que construyan instituciones, no operadores que vivan del conflicto permanente. Necesita liderazgos que sumen, no personajes que sobrevivan alimentando la polarización.
Porque al final del día, el legado de un político no se mide por la cantidad de enemigos que hizo ni por las crisis que provocó. Se mide por lo que deja después de irse.
Y si algo ha dejado Jaime Bonilla en la política bajacaliforniana es una estela de confrontaciones, rupturas, desconfianza e incongruencias que siguen contaminando el debate público hasta nuestros días.
Por eso, más que un exgobernador o un dirigente partidista, Jaime Bonilla se ha convertido en el hombre detrás del caos. Un personaje cuya principal habilidad no parece ser construir futuro, sino mantener viva la confrontación. Y cuando un sistema político permite que el conflicto permanente sustituya al diálogo, el verdadero perdedor no es un partido ni un gobierno: es Baja California.

