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SE BUSCA ALCALDE PARA TIJUANA

Falta todavía para la elección de 2027, pero a estas alturas nadie se haga: la carrera por Tijuana ya empezó. Unos levantan la mano, otros mandan señales, algunos aparecen convenientemente en cuanto evento pueden y otros juran que no están pensando en candidaturas mientras hacen exactamente todo lo que hace alguien que quiere ser candidato.

Así funciona la política. Nada nuevo. Lo que sí deberíamos empezar a preguntarnos desde ahora no es quién quiere ser alcalde o alcaldesa de Tijuana, porque seguramente candidatos van a sobrar. La pregunta importante es otra: ¿qué tendría que tener alguien para gobernar esta ciudad?

Porque una cosa son los requisitos legales para aparecer en una boleta y otra, muy diferente, los requisitos que debería exigir una ciudad como Tijuana. Cumplir con la Constitución te hace elegible. Eso no necesariamente te hace capaz.

Y quizá ahí hemos cometido el mismo error durante demasiado tiempo. Nos preocupamos por quién puede ganar la elección y muy poco por quién puede gobernar después de ganarla.

Tijuana no es cualquier municipio. Es una ciudad fronteriza, industrial, comercial, turística, migrante, binacional, desigual, complicada, acelerada y con problemas que llevan décadas creciendo mucho más rápido que las soluciones.

Por eso el primer requisito debería ser elemental: conocer Tijuana. Y conocerla no significa tomarse fotografías en la Revolución, comerse unos tacos en el Este o aprenderse de memoria los nombres de las delegaciones tres meses antes de la campaña.

Conocer Tijuana significa entender cómo vive la gente que tarda horas en trasladarse de su casa al trabajo; saber qué pasa en las colonias donde falta pavimento, alumbrado o infraestructura; conocer la dinámica empresarial e industrial y entender que esta ciudad tiene una relación cotidiana con Estados Unidos que determina buena parte de su economía.

Segundo requisito: haber administrado algo en la vida. Y esto debería parecernos obvio, pero no siempre lo es.

Tijuana es demasiado grande y demasiado compleja para convertirse en escuela de funcionarios. Aquí no debería llegar alguien a descubrir cómo se administra un presupuesto, cómo se dirige un equipo, cómo se enfrenta una crisis o cómo se toman decisiones bajo presión.

Tercer requisito: entender la seguridad. No necesitamos necesariamente un policía sentado en la Presidencia Municipal, pero sí alguien que comprenda que la inseguridad no se resuelve con patrullas nuevas estacionadas para la fotografía ni con estadísticas acomodadas para la conferencia de prensa.

Necesitamos alguien que entienda de prevención, inteligencia, tecnología, profesionalización policial y coordinación con Estado y Federación. Y, sobre todo, alguien dispuesto a asumir que la seguridad también es responsabilidad municipal y no aventar la pelota cada vez que las cosas se ponen feas.

Cuarto: saber de dinero. Porque gobernar también es administrar. ¿Cuánto ingresa Tijuana? ¿Cuánto cuesta mantenerla funcionando? ¿Cuánto se va en nómina? ¿Qué capacidad tiene para invertir? ¿Qué proyectos puede financiar y cuáles requieren recursos estatales o federales?

Prometer pasos a desnivel, parques, patrullas, pavimentación y tecnología es facilísimo cuando todavía no tienes que explicar de dónde va a salir el dinero.

Quinto: capacidad política. Sí, política. Porque tampoco compremos esa historia de que para gobernar basta con ser buen ciudadano y tener buenas intenciones. Un alcalde necesita negociar con un Cabildo, con el Congreso, con el Gobierno del Estado, con la Federación, con empresarios, organizaciones y hasta con su propio partido.

Pero una cosa es saber hacer política y otra convertirse en rehén de ella.

Por eso el sexto requisito tendría que ser independencia suficiente para gobernar. Que para conseguir la candidatura no haya tenido que empeñar medio Ayuntamiento. Que no llegue debiéndole una dirección a uno, una delegación a otro, contratos a los de más allá y posiciones a cada grupo que le consiguió votos.

Porque cuando una candidatura cuesta demasiados favores, normalmente la factura termina pagándola la ciudad.

Séptimo: reputación. Y en 2027 esto va a pesar todavía más. Patrimonio, negocios, amistades, socios, antecedentes, decisiones anteriores y hasta publicaciones de hace años estarán a unos cuantos clics de distancia.

Quien quiera gobernar Tijuana debería poder explicar quién es, de dónde viene, qué ha hecho y cómo ha construido lo que tiene sin necesitar veinte versiones diferentes dependiendo del público que tenga enfrente.

Hasta ahí están algunos requisitos del aspirante. Pero ahora viene la pregunta todavía más importante: ¿qué necesita Tijuana?

Tijuana necesita, primero, recuperar lo básico. Antes de vendernos ciudades inteligentes, gobiernos digitales y renders preciosos, necesitamos calles transitables, luminarias encendidas, basura recogida, parques cuidados, delegaciones funcionando y funcionarios que contesten.

Porque a veces desde el escritorio se diseñan grandes ciudades del futuro mientras el ciudadano solamente está pidiendo que le tapen el bache que lleva seis meses frente a su casa.

Tijuana necesita movilidad. No podemos seguir normalizando que atravesar la ciudad sea una prueba de resistencia. El tiempo que una persona pierde diariamente en el tráfico también es calidad de vida perdida, productividad perdida y tiempo que no pasa con su familia.

Necesita infraestructura. Durante décadas Tijuana creció más rápido que sus vialidades, sus servicios y su planeación urbana. El próximo alcalde no puede administrar solamente lo que encuentre: tiene que empezar a construir la ciudad que necesitaremos dentro de diez o veinte años.

Necesita también alguien que entienda de economía. Esta ciudad vive de industria, comercio, servicios, turismo, inversión y emprendimiento. El presidente municipal debería saber qué necesita una empresa para instalarse, qué necesita una pequeña empresa para sobrevivir y qué obstáculos puede quitar el gobierno en lugar de inventar otros nuevos.

Y necesita, necesariamente, una visión binacional. Gobernar Tijuana sin entender San Diego es gobernar solamente media realidad.

La frontera no es únicamente la garita. Es empleo, comercio, turismo, inversión, migración, logística, relaciones internacionales y millones de cruces que forman parte de la vida cotidiana de esta ciudad. Quien no entienda eso difícilmente puede entender completamente a Tijuana.

También necesitamos un alcalde que piense más allá de tres años. Ya estuvo bueno de gobiernos que empiezan pensando en cómo van a terminar y de funcionarios que toman decisiones calculando cuál será su siguiente candidatura.

Algunos de los proyectos que Tijuana necesita probablemente no los inaugurará quien los empiece. Y justamente ahí está la diferencia entre gobernar y hacer campaña.

Pero hay otro requisito del que casi nunca hablamos: el equipo.

Cuando alguien diga que quiere gobernar Tijuana, además de preguntarle qué propone deberíamos preguntarle con quién piensa hacerlo. ¿Quién manejaría Seguridad? ¿Quién Finanzas? ¿Quién Desarrollo Urbano? ¿Quién Servicios Públicos? ¿Quién las delegaciones?

Porque gobernar una ciudad de este tamaño no es un acto individual. Un candidato maravilloso rodeado de improvisados termina siendo un mal gobierno.

Y finalmente está quizá la característica que más necesita Tijuana: un solucionador de problemas.

Alguien que cuando encuentre un obstáculo no convoque primero a una conferencia para explicar por qué no puede resolverlo. Alguien que pregunte cómo sí. Que tome decisiones. Que construya acuerdos. Que consiga recursos. Que se rodee de gente más capaz que él o ella y que no tenga miedo de hacerlo.

No necesitamos un alcalde perfecto. Ese no existe. Tampoco necesitamos un iluminado, un mesías municipal ni alguien que nos prometa convertir Tijuana en Singapur antes del primer informe.

Necesitamos algo bastante más terrenal: alguien competente.

Alguien con experiencia ejecutiva, conocimiento de la ciudad, capacidad política, solvencia personal, manejo financiero, visión de seguridad, infraestructura, movilidad, economía, relación binacional, buen equipo y carácter suficiente para tomar decisiones difíciles.

Ésa debería ser la vara.

Y ahora sí, una vez puesta sobre la mesa, viene lo divertido.

Porque durante los próximos meses veremos desfilar encuestas, fotografías, espectaculares disfrazados, entrevistas casualmente oportunas, asociaciones civiles recién descubiertas, informes, eventos y personajes que de pronto sentirán un amor incontenible por Tijuana.

Perfecto. Que vengan todos.

Pero en lugar de preguntar solamente quién va arriba en las encuestas, quizá deberíamos empezar a preguntar quién está preparado para hacer el trabajo.

Porque ganar Tijuana es una cosa.

Gobernarla es otra muy distinta.

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