
La sucesión adelantada en Baja California ya no sólo se juega en las encuestas, en las bardas o en los pasillos de Morena. También se juega en las oficinas municipales, en los acuerdos de Cabildo y, sobre todo, en una pregunta incómoda para quienes gobiernan y aspiran: ¿qué pasa cuando una alcaldesa o un alcalde pide licencia y la suplencia decide gobernar de verdad?
El video público de Ayerim Guadalupe Magallón Granados, presidenta municipal suplente de Ensenada, abrió una grieta política que ya venía formándose alrededor de Claudia Josefina Agatón Muñiz. La suplente advirtió que la alcaldesa en funciones estaría valorando una ruta de licencias cortas: ausentarse 15 días, regresar unos minutos y volver a solicitar otra licencia, con el objetivo de participar en el proceso interno de Morena rumbo a la gubernatura sin entregarle plenamente el control del Ayuntamiento.
El señalamiento no es menor porque exhibe el dilema real de quienes gobiernan municipios estratégicos y al mismo tiempo quieren competir por la candidatura estatal. En el papel, la licencia es un trámite institucional; en la práctica, puede convertirse en una fractura de poder. Dejar el cargo no significa únicamente separarse de la oficina: significa dejar presupuesto, estructura, información, compromisos políticos y operación territorial en manos de alguien que, legalmente, también tiene derecho a ejercer.
En esa misma ruta se encuentra, o podría encontrarse, Ismael Burgueño Ruiz, alcalde de Tijuana, quien también tendría que separarse del cargo si decide competir formalmente por la gubernatura. Su suplente es Abdiel Gutiérrez Coronado, hoy integrado a la administración municipal como secretario particular, un dato que no parece casual: mantener cerca al suplente puede ser una forma de control político, pero también una señal de que el tema ya está en el radar del grupo gobernante.
El miedo de Claudia Agatón a dejar pasar a Ayerim Magallón, y el cuidado que tendría que tener Ismael Burgueño con Abdiel Gutiérrez, no nacen de la nada. En Baja California ya hay un antecedente que todavía pesa: el caso de Luis Arturo González Cruz, primer alcalde morenista de Tijuana, quien pidió licencia para buscar la gubernatura y terminó dejando la presidencia municipal en manos de Karla Patricia Ruiz Macfarland.
Aquella suplencia no fue decorativa. Karla Ruiz Macfarland asumió el cargo y realizó movimientos dentro de la estructura municipal, incluyendo cambios en áreas sensibles del gobierno. Para el grupo de Arturo González Cruz, la suplencia dejó de ser una extensión administrativa y se convirtió en un poder propio, con capacidad de revisar, remover, ordenar y exhibir aquello que antes estaba bajo control del alcalde con licencia.
Ese antecedente explica la ansiedad actual. Los alcaldes que quieren competir por la gubernatura no sólo calculan si les alcanzan los números internos de Morena; también calculan si les alcanza la confianza con sus suplentes. Porque una cosa es pedir licencia con una suplencia dócil, pactada y contenida, y otra muy distinta es abrirle la puerta a alguien que, una vez sentada en la silla, entienda que no está cuidando el despacho, sino ejerciendo el cargo.
Por eso la ruta de licencias breves resulta políticamente reveladora. Puede ser legalmente discutible o defendible según el trámite que se intente, pero políticamente manda un mensaje claro: no se quiere soltar el Ayuntamiento. Se quiere competir sin perder el control, ausentarse sin entregar el mando y regresar a tiempo para evitar que la suplencia tome vuelo propio.
El problema es que esa maniobra también tiene costos. Si una alcaldesa o un alcalde no confía en su suplente, la pregunta inevitable es por qué esa persona llegó a la planilla. Y si la suplencia denuncia públicamente una simulación, como ocurre en Ensenada, entonces el conflicto deja de ser interno y se convierte en síntoma de una administración partida entre la ambición electoral y la gobernabilidad municipal.
Al final, Morena en Baja California enfrenta una paradoja: quienes aspiran a subir de nivel necesitan dejar temporalmente el poder, pero no quieren que nadie más lo ejerza en serio. La fiesta en paz con los suplentes puede ser la única salida; de lo contrario, cada licencia rumbo a la gubernatura puede convertirse en una caja de Pandora municipal.