
Hace apenas algunos meses, “Chiquilín” parecía encontrarse en la cima de su popularidad. Su nombre movilizaba personas, dominaba la conversación en redes sociales y se convertía en una presencia cada vez más reconocida en Tijuana.
El pasado mes de mayo encabezó una gran manifestación de la Patrulla Espiritual en la Zona Río. Las estimaciones difundidas en torno a aquella movilización hablaban de aproximadamente 5 mil participantes respaldando la causa.
La concentración avanzó por Paseo de los Héroes, provocó cierres viales y dejó imágenes impactantes. Entre banderas, pancartas, fotografías y consignas de apoyo, Chiquilín apareció como la figura central de una demostración de fuerza que pocos personajes públicos podrían conseguir.
Durante aquella jornada, los asistentes defendieron el trabajo de los centros de rehabilitación y expresaron su rechazo a las restricciones relacionadas con los internamientos involuntarios. Chiquilín quedó convertido en el rostro visible de esa inconformidad.
Las imágenes pudieron generar la impresión de que estaba naciendo un nuevo liderazgo social con capacidad para trasladarse al terreno electoral. Una lectura alimentada por su popularidad digital y por la fuerza visual de miles de personas reunidas en una de las zonas más importantes de la ciudad.
Pero la política tiene sus propias reglas y suele cobrar muy caro cualquier confusión entre fama, capacidad de convocatoria y respaldo electoral. Una cosa es acompañar una causa social y otra muy distinta confiarle a una persona el gobierno de Tijuana.
Esa diferencia quedó expuesta en una medición realizada en Facebook, donde se preguntó directamente si los usuarios apoyarían a Chiquilín como próximo presidente municipal de Tijuana por la vía independiente.
La dinámica establecía que la reacción de “Me gusta” representaba el “No” y el corazón significaba el “Sí”. Las demás reacciones fueron consideradas nulas por no corresponder a ninguna de las dos opciones planteadas.
Sobre el total de las reacciones, el rechazo alcanzó 52.1%, el respaldo obtuvo solamente 15.4% y las expresiones consideradas nulas representaron 32.5%.
Sin embargo, al contabilizar exclusivamente las respuestas válidas, el resultado se vuelve mucho más contundente: 77.2% respondió que no apoyaría a Chiquilín para la Alcaldía de Tijuana, frente a únicamente 22.8% que sí lo haría.
Dicho de manera sencilla, más de tres de cada cuatro participantes que siguieron correctamente la dinámica rechazaron la posibilidad de verlo convertido en presidente municipal. Un contraste brutal frente a aquella manifestación estimada en 5 mil personas.
Desde luego, la publicación no constituye una encuesta científica ni representa estadísticamente a toda la población tijuanense. Es una medición abierta en redes sociales y sus resultados deben interpretarse únicamente como una fotografía de la opinión expresada en esa publicación.
Pero su significado político tampoco puede minimizarse. La pregunta no fue sobre la Patrulla Espiritual, el combate a las adicciones o la defensa de los centros de rehabilitación; fue directamente sobre Chiquilín como posible alcalde, y la respuesta mayoritaria fue negativa.
El resultado demuestra que la notoriedad sirve para ser conocido, pero no garantiza confianza, capacidad ni aceptación para gobernar. Tener seguidores no significa tener electores y movilizar personas alrededor de una causa no equivale a conquistar votos propios.
En cuestión de meses, aquella gracia mediática parece haber caído en desgracia política. Chiquilín pasó de encabezar una manifestación estimada en 5 mil personas en Zona Río a enfrentar un rechazo de 77.2% ante una eventual candidatura independiente. Porque una multitud puede regalar una fotografía poderosa, pero solamente la confianza ciudadana puede convertir a una figura popular en una opción real de gobierno.