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LA LISTA QUE NUNCA DEBIÓ SALIR DE PALACIO NACIONAL

Hay cosas que en política se pueden explicar mil veces y siguen oliendo igual. Puedes llamarle análisis, mapa digital, ecosistema de amplificación, estudio de conversación o ponerle el nombre elegante que se te ocurra. Pero cuando desde Palacio Nacional aparecen nombres, cuentas, periodistas, medios, políticos y ciudadanos acomodados en categorías según cómo critican al gobierno, la pregunta es inevitable: ¿para qué demonios necesita el poder tenerlos clasificados?

Eso fue precisamente lo que ocurrió esta semana en “Derecho de Réplica”, el nuevo escaparate gubernamental encabezado por Luisa María Alcalde. Desde Palacio Nacional se presentó un análisis bautizado con el rimbombante nombre de “Cuando el eco se disfraza de conversación”, donde se explicó cómo supuestamente funciona una red de amplificación digital contra el gobierno de Claudia Sheinbaum.

Hasta ahí podría decirse que estamos frente a un ejercicio de comunicación política. Todos los gobiernos monitorean medios, redes sociales, tendencias, conversación digital y hasta el humor social. Sería ingenuo pensar lo contrario. El problema empieza cuando ese análisis deja de servir internamente para entender la conversación y se convierte en una exhibición pública de quienes incomodan al poder.

Porque ahí aparecieron periodistas, medios, políticos, organizaciones, comentaristas y cuentas de redes sociales. Unos fueron colocados como generadores de mensajes; otros, como figuras que los retoman y politizan; y otros más quedaron dentro de la categoría de “cuentas de ataque”. Es decir, no solamente observaron la conversación: la clasificaron, le pusieron nombres y después la proyectaron desde Palacio Nacional.

Y aquí es donde la cosa se pone sabrosa. Luisa María Alcalde salió después a decir que no existe ninguna “lista negra”. Que nadie está acusando a los periodistas de financiar bots. Que solamente estaban mostrando cómo funciona un ecosistema digital y cómo determinados contenidos terminan amplificados artificialmente. Muy bien. Entonces regresemos a la pregunta sencilla: ¿por qué exhibir los nombres?

Porque una cosa es estudiar tendencias digitales y otra muy distinta colocar ciudadanos frente al pizarrón del gobierno. Una cosa es identificar bots, operaciones automatizadas o campañas pagadas, y otra es meter en el mismo esquema visual a periodistas, opositores, medios y cuentas críticas. La diferencia no es menor cuando quien sostiene el apuntador tiene detrás todo el peso del Estado mexicano.

Y tampoco ayuda demasiado la memoria. Porque en redes sociales revivieron declaraciones de Claudia Sheinbaum cuestionando precisamente la elaboración de listas y asociando esas prácticas con expresiones autoritarias. Hoy su gobierno enfrenta una controversia justamente porque desde Palacio Nacional se presentó algo que, aunque oficialmente rechacen llamar “lista”, contiene nombres perfectamente identificables de críticos del régimen.

Ahí está la contradicción política que no se arregla cambiándole el nombre al archivo. Si ayer elaborar listas de adversarios era una práctica condenable, hoy no puede convertirse mágicamente en “análisis del ecosistema digital” simplemente porque el marcador cambió de manos.

Y ojo: esto tampoco significa que todo lo que circula contra Claudia Sheinbaum sea espontáneo, verdadero o inocente. En las redes existen bots, campañas pagadas, granjas de cuentas, propaganda, desinformación y operaciones políticas de todos los colores. Morena las conoce perfectamente porque también ha construido una maquinaria digital gigantesca durante años. Aquí nadie llegó ayer a Facebook, X o TikTok.

Por eso habría sido mucho más interesante que el gobierno presentara un estudio completo. ¿Quién financia las campañas artificiales? ¿Cuánto dinero se mueve? ¿Cómo identificaron técnicamente un comportamiento coordinado? ¿Cuáles son los criterios para distinguir a un ciudadano encabronado de una cuenta operada profesionalmente? ¿Y dónde está, por cierto, el mapa equivalente de las redes que todos los días defienden y amplifican al gobierno?

Porque si solamente estudias a quienes te pegan, eso ya no parece investigación del ecosistema digital. Parece investigación de tus adversarios. Y si además lo presentas desde Palacio Nacional, con recursos, infraestructura y reflectores públicos, inevitablemente aparece otra pregunta bastante incómoda: ¿estamos frente a comunicación gubernamental o frente a inteligencia política disfrazada de PowerPoint?

No hay evidencia pública que permita afirmar que las personas exhibidas estén siendo perseguidas, investigadas penalmente o vigiladas por el Estado. Hay que decirlo claramente. Pero tampoco hace falta esperar a que aparezca una patrulla afuera de la casa de alguien para cuestionar la pertinencia democrática de que un gobierno clasifique públicamente a sus críticos.

El poder siempre tiene una ventaja brutal frente al ciudadano: presupuesto, instituciones, información, micrófonos y capacidad para imponer conversación. Precisamente por eso las democracias establecen límites. El gobierno puede responder críticas, desmentir información falsa y defender sus resultados. Lo que debería pensarse dos veces es convertir a quienes lo cuestionan en fichas dentro de un tablero oficial.

Además, políticamente la jugada terminó siendo bastante torpe. En lugar de desactivar a sus críticos, los convirtió en protagonistas. Algunos de los señalados hasta presumieron su aparición. Y lo que pretendía demostrar una supuesta operación contra la 4T terminó abriendo una conversación mucho más incómoda sobre libertad de expresión, uso de recursos públicos y tolerancia del gobierno frente a la crítica.

Claudia Sheinbaum tiene todavía una oportunidad para ponerle freno al asunto. Puede dejar perfectamente claro que su administración combatirá bots, campañas financiadas clandestinamente y operaciones de desinformación, pero que jamás utilizará las herramientas del Estado para intimidar, estigmatizar o perseguir a ciudadanos, periodistas o adversarios por lo que dicen en redes sociales. Esa frontera debería ser clarísima.

Porque los gobiernos pasan. Las listas quedan. Y cuando desde el poder empiezan a dividir a los ciudadanos entre quienes aplauden, quienes critican, quienes amplifican y quienes “atacan”, algo empieza a oler mal en la conversación pública.

Así que pueden llamarle ecosistema digital, mapa de amplificación, análisis de tendencias o ponerle otras veinte diapositivas. Pero después de lo ocurrido queda flotando una pregunta mucho más simple y bastante más cabrona: si el gobierno ya sabe quiénes son, qué publican, cómo lo publican y quién replica lo que dicen… ¿qué piensa hacer con esa información?

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