
La visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a San Quintín dejó una imagen política que vale más por lo que se vio que por lo que se dijo. En una región acostumbrada durante décadas a las promesas, la mandataria regresó para dar seguimiento a los compromisos asumidos con los trabajadores agrícolas y las comunidades históricamente olvidadas del sur profundo de Baja California.
San Quintín se ha convertido en algo más que una escala de gira presidencial. Para la presidenta representa uno de los símbolos más visibles de las desigualdades que aún persisten en México. Ahí convergen pobreza, migración, trabajo agrícola y rezagos históricos que ningún gobierno ha logrado resolver por completo.
Por eso no resulta casual que Sheinbaum haya decidido regresar apenas unos meses después de su primera visita. La señal política es clara: el gobierno federal busca convertir al municipio en uno de los emblemas de su política social para el sexenio.
Pero la gira de esta semana también inevitablemente recordó lo ocurrido durante su visita anterior, cuando protagonizó uno de los momentos más comentados de sus primeros meses de gobierno.
Aquel día, mientras escuchaba testimonios de jornaleros y habitantes de la región, un grupo de legisladores y dirigentes buscó acercarse para tomarse fotografías con la presidenta. La respuesta de Sheinbaum fue inmediata y contundente.
“Hay que trabajar más con la gente”, les dijo frente a cámaras. También les pidió dejar los escritorios y regresar al territorio para atender directamente a los ciudadanos. El mensaje recorrió el país y se convirtió en una llamada de atención para buena parte de la clase política.
Más tarde la propia presidenta explicó que no consideró apropiado que algunos actores estuvieran buscando la fotografía del recuerdo mientras ella escuchaba relatos sobre carencias, pobreza y necesidades urgentes de la población.
Aquella escena terminó convirtiéndose en una metáfora de los tiempos que vive Morena. Por un lado están quienes entienden que la cercanía con la ciudadanía sigue siendo el principal activo del movimiento. Por el otro, quienes parecen más preocupados por aparecer en la imagen que por resolver los problemas.
La gira de este viernes pareció desarrollarse bajo esa misma lógica. El protagonismo estuvo concentrado en los temas de fondo y en los compromisos para la región, no en las figuras políticas que normalmente buscan aprovechar cada visita presidencial para posicionarse.
Y es que San Quintín no es un territorio cualquiera. Es un municipio donde la población exige resultados tangibles y donde los discursos suelen agotarse rápidamente frente a la realidad cotidiana.
La presidenta parece haber entendido que la mejor fotografía posible no es la que se toma junto a un funcionario o un legislador, sino la que pueda construirse a partir de obras, servicios y mejores condiciones para los trabajadores agrícolas.
En términos políticos, el mensaje sigue siendo vigente para todos los niveles de gobierno. La popularidad se construye en el territorio, no en las redes sociales; en el contacto con la ciudadanía, no en las filas para la selfie.
Quizá por eso la imagen más relevante de esta nueva visita no fue una fotografía multitudinaria ni una pasarela de personajes buscando reflector. Fue el recuerdo de aquella frase que todavía resuena entre la clase política bajacaliforniana.
Porque cuando la presidenta pidió a los representantes populares que se pusieran a trabajar, en realidad estaba enviando un mensaje mucho más amplio: los cargos públicos son para servir a la gente, no para coleccionar fotografías.
San Quintín volvió a recordarlo. Y en tiempos donde muchos políticos siguen confundiendo presencia con trabajo, la lección sigue teniendo plena vigencia.