Noticia Frontera

La memoria corta de Ruiz Uribe

Hay políticos que cambian de opinión. Y luego está Jesús Alejandro Ruiz Uribe, que parece cambiar de postura según le convenga el acomodo de la semana. Ahora resulta que le dio por lamentar la salida de Montserrat Caballero de Morena y pedir que reconsidere su renuncia, como si entre ambos hubiera existido una relación de coincidencia política estable, respetuosa y coherente. No fue así. Lo que hubo, y está documentado, fue confrontación, descalificación y pleito abierto. 

Lo que dijo Ruiz Uribe en estos días fue claro: calificó como “equivocado” el paso de Montserrat y pidió que no hiciera válida su salida del partido. Incluso la llamó una persona valiosa y fundadora del movimiento en Baja California. El problema no es que hoy la defienda. El problema es que ayer la golpeó políticamente cuando le estorbó, y hoy pretende hablar como si no existiera expediente. 

Porque cuando a Ruiz Uribe no le acomodó Montserrat, no la trató precisamente como “compañera valiosa”. En febrero de 2023 la acusó públicamente de condicionar el uso del Auditorio Municipal para la entrega de apoyos federales y habló de “regateo”, “soberbia” y “egocentrismo”. No fue un matiz. No fue una diferencia menor. Fue un choque frontal entre dos figuras del mismo bloque político, ventilado en medios y con acusaciones directas. 

Y no quedó ahí. En aquellos días también se difundió otra expresión del propio Ruiz Uribe burlándose de la alcaldesa con el ya famoso “se nos agüitó la alcaldesa”, frase que retrata mejor que cualquier discurso el tono real de esa relación: no de respeto, no de fraternidad partidista, sino de cálculo, presión y oportunismo. 

Lo más grotesco de todo es que, después del pleito, también hubo un giro conveniente: apenas días después de aquella confrontación, Ruiz Uribe declaró que sería “magnífico” que Montserrat Caballero buscara la reelección. Es decir, primero la revienta públicamente y luego la elogia cuando el tablero le exige bajar el tono. Hoy repite la misma maniobra: la cuestionaron, renunció, se abrió otra grieta en Morena y él corre a colocarse del lado sentimental de la historia. 

Eso no se llama generosidad política. Se llama incongruencia. Y cuando esa incongruencia viene de alguien que pretende ser tomado en serio rumbo a la gubernatura de Baja California en 2027, el problema ya no es de estilo, sino de viabilidad. Porque un aspirante serio no puede andar brincando entre la descalificación y el abrazo según amanezca la coyuntura. 

Ruiz Uribe lleva tiempo comportándose como precandidato permanente. Distintos espacios periodísticos han señalado que construyó una candidatura anticipada desde el cargo, con promoción personal en eventos, redes y entrevistas, hasta ser relevado por adelantarse a los tiempos. Y ahí está otra capa del problema: no solo quiere ser gobernador, quiere parecer inevitable, aunque políticamente no termine de consolidarse como opción fuerte. 

Por eso su mensaje sobre Montserrat no suena a convicción, sino a necesidad. En un escenario donde ambos han sido mencionados dentro del rompecabezas de 2027, lo que Ruiz Uribe parece buscar no es defender una militante, sino no cerrar ninguna puerta. Si mañana le sirve confrontarla, la confronta. Si pasado mañana le sirve acercarse, se acerca. El método no es la congruencia; el método es la conveniencia. 

Y eso explica por qué su posicionamiento luce cada vez más errático. Mientras en enero se publicaban análisis señalando que su equipo había optado por destruir obstáculos en lugar de crecer con solidez a su aspirante, en abril el propio Ruiz Uribe ya andaba denunciando campañas anticipadas y uso de recursos públicos, como si él no hubiera sido objeto de señalamientos por adelantarse políticamente desde su responsabilidad anterior. La vara que usa para medir a otros rara vez coincide con la que acepta para sí mismo. 

En esa ruta, su súbita preocupación por Montserrat Caballero no fortalece su imagen; la exhibe. Porque si de verdad pensaba que era una figura valiosa para Morena, entonces sobran los ataques de 2023. Y si de verdad creía en lo que dijo en 2023, entonces sobra la pose comprensiva de 2026. Las dos versiones no pueden sostenerse al mismo tiempo sin dejar al descubierto una contradicción monumental. 

A estas alturas, el problema de Ruiz Uribe no es solo que cambie de tono. Es que cada cambio va dejando la impresión de un político que quiere quedar bien con todos después de haber peleado con medio mundo. Y en política eso no proyecta fuerza; proyecta desesperación. Mucho más cuando se trata de alguien que quiere entrar a la conversación de la gubernatura pero todavía carga con una imagen de aspiración forzada, demasiado hablada y poco naturalmente aceptada. 

Lo de Montserrat, entonces, no es una anécdota menor. Es una radiografía. Muestra a un Ruiz Uribe que un día acusa, otro día halaga y al siguiente se victimiza o se presenta como guardián del movimiento. Demasiados personajes en uno solo. Y para un estado que se encamina a una disputa interna feroz en 2027, lo último que necesita Morena es un aspirante que ni siquiera logra sostener una sola versión de sí mismo. 

Si algo deja esta nueva defensa de Montserrat Caballero por parte de Jesús Alejandro Ruiz Uribe, no es una lección de unidad, sino una evidencia de oportunismo. Porque en política la memoria importa. Y cuando alguien pretende vender hoy como respeto lo que ayer administró como pleito, lo que queda no es liderazgo. Lo que queda es una pregunta incómoda: si así trata a sus propios episodios, cómo trataría una gubernatura

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