
La polémica alcaldesa Miriam Cano
En política no existen los problemas aislados, solo las señales tempranas de crisis mayores. Lo que hoy ocurre en San Quintín no es únicamente el desgaste de una administración municipal; es el espejo incómodo de un modelo político que empieza a mostrar fisuras en la narrativa de gobernabilidad de Morena en Baja California. El ayuntamiento encabezado por Miriam Cano atraviesa una tormenta que ya rebasó el ámbito local y empieza a tener lectura estatal.
San Quintín nació como municipio con la promesa de corregir décadas de abandono institucional, desigualdad social y demandas históricas del Valle. Sin embargo, el primer experimento municipal corre el riesgo de convertirse en el ejemplo de cómo una transición política mal administrada puede erosionar rápidamente la legitimidad de un proyecto político que llegó con altas expectativas.
Protestas ciudadanas, señalamientos de negligencia administrativa, crisis en servicios públicos y conflictos internos han colocado a la administración en una posición defensiva constante. Lo que inició como inconformidades sectoriales evolucionó hacia una narrativa más peligrosa: la percepción de un gobierno incapaz de procesar el conflicto social. Cuando esa percepción se instala, la discusión deja de ser sobre hechos concretos y se convierte en juicio político permanente.
La visita presidencial reciente evidenció que el problema ya escaló al radar nacional. El llamado de atención a cuadros políticos locales y la incomodidad pública generada durante ese episodio reflejan que la crisis dejó de ser un asunto municipal y pasó a convertirse en un síntoma político que Morena no puede ignorar si pretende mantener su hegemonía electoral en el estado.
A esto se suma el desgaste mediático provocado por episodios personales y familiares que terminaron contaminando la narrativa institucional del gobierno municipal. En política, la frontera entre lo público y lo privado es inexistente cuando el contexto ya es adverso. Cada incidente se vuelve combustible para reforzar la percepción de descontrol.
El elemento más delicado no es la crítica en sí, sino la acumulación de frentes abiertos: demandas de auditoría, exigencias de renuncia, protestas prolongadas y una creciente polarización entre grupos sociales. Cuando un gobierno deja de imponer agenda y solo reacciona, el vacío narrativo lo ocupa la oposición o la inconformidad social organizada.
Morena en Baja California enfrenta aquí un dilema estratégico. Durante años, su principal activo electoral ha sido la narrativa de cercanía con el pueblo y capacidad de transformación institucional. Un municipio nuevo convertido en caso de estudio de ingobernabilidad contradice directamente esa narrativa y puede convertirse en un arma discursiva para adversarios políticos rumbo a 2027.
El riesgo mayor es simbólico. San Quintín representa a un electorado históricamente independiente, socialmente sensible y con una memoria política marcada por luchas laborales y comunitarias. Si ese electorado percibe abandono o traición a las expectativas, el impacto puede trascender el municipio y afectar la construcción de alianzas electorales en toda la región sur del estado.
Además, el calendario político no juega a favor. Conforme se acerque la definición interna de candidaturas para la gubernatura, cada conflicto municipal será utilizado como indicador del desempeño general del partido en el poder. En ese contexto, San Quintín puede convertirse en el ejemplo recurrente que marque debates internos y externos.
El problema para Morena no es únicamente perder terreno en un municipio pequeño en términos poblacionales, sino permitir que se construya una narrativa de desgaste acumulado que conecte con otras inconformidades locales. Las elecciones de 2027 no serán solo una disputa por alcaldías, sino una batalla por la continuidad del proyecto político estatal.
La historia política reciente demuestra que los cambios de ciclo no comienzan con derrotas electorales, sino con la pérdida gradual de legitimidad en territorios simbólicamente importantes. San Quintín puede convertirse en ese punto de inflexión si la crisis continúa sin una estrategia política clara que reconduzca el conflicto.
Más allá de nombres o coyunturas personales, el verdadero desafío para Morena será decidir si interviene para reconfigurar el rumbo o si apuesta por resistir el desgaste esperando que el tiempo diluya la crisis. En política, esperar rara vez ha sido una estrategia ganadora.
Porque al final, el ayuntamiento fallido de hoy puede ser el argumento central de la oposición mañana, y San Quintín podría terminar siendo mucho más que un problema local: el primer aviso serio de que el camino hacia 2027 no será tan sencillo como muchos creían.