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La prueba del estadio

La prueba del estadio

La inauguración del Mundial 2026 dejó una de esas imágenes que explican mejor al México contemporáneo que cualquier encuesta. Mientras el balón rodaba en el Coloso de Santa Úrsula y la Selección Mexicana derrotaba a Sudáfrica, la clase política protagonizaba su propio partido: el de las presencias, las ausencias y los mensajes que se envían sin pronunciar una sola palabra.

Porque un estadio lleno no es una conferencia mañanera ni un informe de gobierno. No hay lista de invitados a modo, ni militantes movilizados, ni aplausos programados. Hay ochenta mil personas reaccionando con absoluta libertad. Ahí, el poder deja de tener control sobre la narrativa.

La ausencia más significativa fue la de la presidenta Claudia Sheinbaum. Por primera vez en muchos años, el país anfitrión inauguró una Copa del Mundo sin la presencia de su jefa de Estado en el estadio. Tampoco acudió al Fan Fest del Zócalo capitalino. En cambio, optó por observar el encuentro junto a la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, en un deportivo de la alcaldía Gustavo A. Madero.

Desde el oficialismo, la explicación fue sencilla: acompañar al pueblo y evitar los privilegios de los palcos. Sin embargo, en política toda decisión tiene más de una lectura. La presidenta evitó exponerse al escenario más espontáneo e impredecible del país.

Porque una cosa es hablar frente a simpatizantes previamente convocados y otra muy distinta enfrentarse al juicio directo de una multitud futbolera. En un estadio no se puede ordenar el aplauso ni silenciar el abucheo. El ánimo colectivo no reconoce jerarquías ni investiduras, de hecho circula en videos en redes donde se escucha la multitud gritar: “fuera Morena”.

Mientras el oficialismo apostó por la prudencia, otros personajes políticos y empresariales decidieron ocupar el reflector mundialista.

Uno de los más comentados fue Ricardo Salinas Pliego. El empresario acudió acompañado de su familia y fue recibido con expresiones encontradas. Hubo quienes le gritaron “presidente” y otros que lo insultaron llamándolo “la perrita de Trump”. Las imágenes circularon rápidamente en redes sociales y mostraron algo innegable: Salinas genera adhesiones y rechazos, pero difícilmente indiferencia.

Más allá de simpatías o antipatías, el episodio dejó una conclusión interesante: el empresario decidió enfrentar un ambiente imposible de controlar. En una época donde muchos liderazgos calculan cada aparición pública, asumió el riesgo de exponerse. Y eso no es menor cuando ya existen voces que comienzan a mencionarlo en conversaciones informales sobre el México de 2030.

La oposición entendió rápidamente el valor simbólico del evento. Ahí estuvo la excandidata presidencial Xóchitl Gálvez, quien continúa siendo uno de los rostros más reconocibles del antiobradorismo y que no desaprovechó la oportunidad de dejarse ver en uno de los escenarios más importantes del país.

También apareció Alejandro Moreno Cárdenas, dirigente nacional del PRI, acompañado de su familia. El líder priista volvió a demostrar que entiende una de las reglas más antiguas de la política: aunque tu partido atraviese una crisis profunda, desaparecer del espacio público suele ser peor que asumir el costo de la exposición.

La presencia de “Alito” contrastó con la realidad del PRI nacional, que hoy lucha por conservar relevancia frente a un Morena dominante y una oposición fragmentada. El viejo partido parece haber entendido que, al menos mediáticamente, hay batallas que no puede darse el lujo de abandonar.

Por parte de Movimiento Ciudadano destacaron dos figuras con proyección nacional: Samuel García, gobernador de Nuevo León, y Pablo Lemus, gobernador de Jalisco. Ambos representan una generación política que comprende que la comunicación y la presencia pública forman parte esencial del ejercicio del poder.

También llamó la atención la presencia del exgobernador mexiquense Alfredo del Mazo, cuya sola aparición recordó que el viejo régimen priista todavía conserva figuras con capacidad de generar conversación pública, aun cuando formalmente hayan quedado fuera de los primeros planos.

Incluso se observó la asistencia del diputado Cuauhtémoc Blanco, quizá uno de los personajes que mejor sintetiza la mezcla entre espectáculo, futbol y política que caracteriza a la vida pública mexicana de las últimas décadas.

Mientras tanto, Morena pareció actuar bajo otra lógica. Varios de sus cuadros nacionales optaron por no exponerse al escrutinio abierto de la afición. En un ambiente marcado por la polarización, la fiesta futbolera también podía convertirse en un espacio de desahogo ciudadano.

Y no sólo se trató de lo que ocurría dentro del estadio. Afuera, la Ciudad de México vivía otra realidad. Integrantes de la CNTE mantuvieron movilizaciones, colectivos de madres buscadoras aprovecharon la atención internacional para exigir justicia y distintos grupos sociales intentaron visibilizar sus causas bajo el reflector que representa una Copa del Mundo.

El Gobierno capitalino desplegó un operativo extraordinario y declaró al estadio una instalación estratégica. La fiesta convivió con el reclamo social, recordando que México es un país capaz de celebrar y protestar al mismo tiempo.

En Baja California, la lectura adquiere una dimensión particular.

La gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda promovió festivales mundialistas en distintos municipios del estado con el respaldo de alcaldes y estructuras gubernamentales. Sin embargo, ella tampoco apareció en dichos eventos, la mandataria se limitó a tomar una fotografía estilo selfie sola en su oficina frente a una pantalla de televisión.

La ausencia inevitablemente abre interrogantes. ¿Fue una decisión de agenda? ¿Una estrategia de bajo perfil? ¿O la intención de evitar un eventual rechazo público en medio del desgaste político que enfrenta su administración? No existen elementos para afirmarlo categóricamente. Pero en política las ausencias también comunican.

Quien sí apareció en el Azteca fue Carlos Torres Torres, exesposo de la gobernadora, cuya presencia generó comentarios debido a los señalamientos e investigaciones mediáticas que han rodeado su nombre en meses recientes y que él ha rechazado públicamente. El contraste fue inevitable: mientras la mandataria permaneció lejos del principal escenario mundialista del país, una de las figuras más polémicas de su entorno político sí decidió dejarse ver entre la multitud.

La inauguración del Mundial terminó dejando una lección que trasciende al futbol. Las encuestas pueden construirse, los eventos institucionales pueden organizarse y las narrativas pueden administrarse. Pero un estadio lleno sigue siendo uno de los grupos de enfoque más honestos que existen.

Ahí no importa el cargo, la investidura o el partido. El aplauso y el abucheo no obedecen instrucciones.

México ganó su primer partido frente a Sudáfrica. Pero fuera de la cancha, la clase política también jugó el suyo. Algunos eligieron el refugio de los espacios controlados. Otros caminaron hacia las tribunas. Y en ese simple gesto quedó retratada, quizá mejor que nunca, la manera en que cada uno entiende el poder.

Porque al final, en la política como en el futbol, siempre llega el momento de enfrentar la verdadera prueba.

Y esa prueba, fue el estadio.

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