Noticia Frontera

La pelea real: Morena se muerde por dentro

La sucesión por la alcaldía de Tijuana en 2027 ya no es un rumor: es una guerra interna en curso. No hay campañas abiertas, pero sí señales claras de ruptura, acomodos forzados y aspiraciones que se dicen en voz baja y se niegan en público. Aquí no se está discutiendo si Morena gana o pierde; se está disputando quién sobrevive políticamente cuando llegue el momento de definir candidaturas.

Arranquemos por el nombre inevitable. Ismael Burgueño Ruiz. Hoy es alcalde, sí, pero la alcaldía no es su meta ni su intención. Su objetivo ha sido y sigue siendo la gubernatura. Volver a competir por Tijuana solo aparecería como premio de consolación si ese proyecto no se concreta. Nada más. Cualquier otra lectura es romantizar una jugada que, en realidad, sería defensiva.

En ese tablero aparece Mónica Vega, a quien dentro de Morena pocos quieren y muchos resisten, pero que tiene un activo clave: es la carta de la gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda. Eso, en Morena, pesa más que simpatías, bases o carisma. No es una aspiración natural; es una aspiración impulsada desde arriba, y por eso no puede descartarse.

Evangelina Moreno juega un doble discurso. Dice que quiere ser gobernadora —al menos eso repite—, pero en los hechos está buscando la alcaldía de Tijuana. Hoy es diputada federal, tiene estructura y conoce el terreno. Su problema no es de ambición, sino de credibilidad interna: muchos saben que su verdadero objetivo está más cerca de lo municipal que de lo estatal.

En el mismo carril aparece Montserrat Caballero Ramírez. Su vigencia no se explica por resultados, sino por conflicto. La confrontación permanente la mantuvo en el centro del debate público y, paradójicamente, eso la sigue sosteniendo en encuestas y conversaciones políticas. En Tijuana, el ruido también da oxígeno.

Desde el Congreso local, Ramón Vázquez Valadez es un caso aparte. Durante meses jugó de perrito faldero del alcalde Ismael Burgueño, acompañando sin chistar. Pero, según nuestras fuentes, desde hace varias semanas ya no lo traga. La ruptura es silenciosa, pero real, y eso cambia su papel: pasó de acompañante a factor incómodo dentro de la interna.

Gilberto Herrera Solórzano, diputado federal por Morena, representa otro perfil. Es joven, con talento y trayectorias de servicio —incluida su labor en programas de bienestar y operación política en Baja California— lo que lo convierte en un activo electoral que pocos pueden ignorar. SIL+1

En el cabildo, Magaly Ronquillo Palacios y Pablo Yañez Placencia también levantan la mano. Son regidores de Morena, aspiran y se anotan, pero la realidad es cruda: sus posibilidades hoy son prácticamente nulas. Forman parte del ruido natural de una sucesión, no del núcleo de decisión.

Otro nombre que reaparece es Karla Ruiz Macfarland. Hay que decirlo con claridad: como alcaldesa por Morena hizo un buen papel. Llegó como suplente del fallecido Arturo González Cruz y gobernó con estabilidad. Después decidió irse a Movimiento Ciudadano, y esa ruptura la sacó del centro del morenismo, pero no del radar político.

En la acera de los aliados está Yohana Sarahí Hinojosa Gilvaja, diputada local por el PT. Aunque hoy legisla en el Congreso estatal, su militancia y cercanía con esas estructuras la colocan como aliada firme del bloque que maneja el PT en Baja California. Congreso BC Su rol es menos aspiracional y más condicionante: sabe que el PT no compite por sí solo, pero sí puede condicionar espacios y acuerdos.

Y hablando de PT, Jaime Bonilla Valdez — dirigente estatal del Partido del Trabajo — no es actor secundario. Figura polarizante, con redes propias y estilo confrontativo, no juega desde la periferia: juega desde la estructura misma del partido aliado, influenciando pactos, tiempos y prioridades.

En la oposición formal reaparece Jorge Ramos Hernández, hoy vinculado con el Partido Verde. Su trayectoria política es larga y versátil: siempre que hay contienda, su nombre vuelve a flotar; siempre que hay crisis, pareciera sobrevivir a todo. En Tijuana, jamás hay que perderlo de vista.

Lo que muestra este escenario no es fortaleza institucional, sino fractura interna. Morena llega con muchos nombres y ninguna cohesión clara. Cada aspirante jala para su lado, cada grupo mide fuerzas y pocos parecen dispuestos a alinearse sin condiciones.

Los aliados observan, presionan y negocian. Algunos quieren espacio, otros solo sobrevivir. Nadie juega gratis.

La sucesión de Tijuana 2027 no será ordenada, ni elegante, ni tersa. Será una disputa áspera, con heridas que no siempre se verán en público, pero que ya se sienten en privado.

Aquí la pregunta no es quién quiere la alcaldía, sino quién queda mejor parado cuando pase la trituradora interna de Morena. Porque en esta carrera, más que ganar, se trata de no quedar sepultado.

Scroll al inicio