
En Baja California ya se volvió costumbre pegarle a Marina del Pilar Ávila Olmeda. No importa si es columna, meme o cadena de WhatsApp: la gobernadora se convirtió en el blanco favorito de una narrativa que la acusa de todo y no prueba nada. Y lo más delicado no es que haya críticas —eso es normal en política—, sino que hoy parece que la dejaron sola frente al golpeteo, sin una defensa clara que ordene la conversación.
Porque una cosa es el debate político y otra muy distinta es el señalamiento permanente sin pruebas públicas. En redes la han etiquetado con el tema de la narcopolítica, la llaman “narcogobernadora”, la acusan de corrupción y de presuntos vínculos indirectos con el crimen organizado, como si existiera una sentencia firme que lo confirmara. No la hay. Lo que sí hay es repetición constante de acusaciones que terminan instalándose en la percepción.
Y en política hay una regla no escrita que hoy se está cumpliendo al pie de la letra: una mentira dicha mil veces, si no es atajada a tiempo, termina convirtiéndose en verdad ante el juicio público de la gente de Baja California. Cuando nadie desmiente con firmeza, cuando no hay respuesta clara, el rumor ocupa el lugar de los hechos.
El nombre que más se menciona cuando arrecian los ataques es el de Carlos Torres Torres. A partir de señalamientos que él mismo ha negado, se construyó una narrativa que automáticamente salpica a la gobernadora. Aunque no haya resoluciones judiciales públicas que acrediten todo lo que se dice en redes, el costo político lo está pagando ella. En la lógica digital no hay matices: si él aparece en la conversación, ella queda en el centro del señalamiento.
La discusión pública mezcla denuncias, rumores, versiones anónimas y análisis rumbo a 2027 como si fuera un solo caso. No lo es. Pero en la conversación diaria esa mezcla ya hizo efecto. Y cuando la percepción se contamina, limpiarla requiere algo más que un simple desmentido.
A eso se sumó el episodio de la visa estadounidense y las versiones sobre supuestas cuentas en el extranjero. La gobernadora negó públicamente tener cuentas fuera del país, pero el tema se volvió tendencia y alimentó la narrativa de sospecha. En política, cuando la duda se instala, quitarla no es sencillo.
Tampoco ayudan otros temas que han generado ruido en los últimos meses en Baja California. Casos polémicos difundidos en medios, como el de la diputada Alejandra Ang, quien fue señalada por un incidente en la garita de Caléxico relacionado con una fuerte cantidad de dinero en efectivo, o diversos señalamientos de presuntos actos de corrupción en distintas dependencias, aunque no estén directamente vinculados con la gobernadora, terminan abonando a una atmósfera general de sospecha.
Aunque estos episodios no tengan relación directa con Marina del Pilar, el simple hecho de que el propio partido en el poder no marque distancia clara, no cuestione públicamente o no fije postura firme ante esas situaciones, va construyendo una percepción amplia de desorden o de posible corrupción. Y esa percepción, justa o no, termina alcanzando a la figura más visible del estado.
Lo que más llama la atención es el silencio alrededor. ¿Dónde está Morena en Baja California defendiendo con claridad a su gobernadora? ¿Dónde están las voces que expliquen, que aclaren, que marquen postura? La dirigencia nacional encabezada por Luisa María Alcalde no ha construido una defensa visible y en lo local el respaldo se siente tibio.
En el gobierno estatal tampoco se percibe una estrategia fuerte de comunicación. Figuras como Alfredo Álvarez Cárdenas en la Secretaría General de Gobierno o Ricardo Serrano Burgos en la coordinación de gabinete mantienen la operación institucional, pero en el terreno de la percepción no se ve una respuesta organizada. Y la estructura de Comunicación Social prácticamente no aparece: no hay vocería firme, no hay reacción inmediata, no hay mensajes claros y constantes que desmonten cada acusación.
Mientras tanto, cada semana surge una nueva versión, un nuevo señalamiento, una nueva interpretación que vuelve a colocar a Marina del Pilar en el centro de la polémica. Se mezclan nombres, se agregan conjeturas y se editorializa con intención política. Y cuando no hay respuesta contundente, la narrativa adversaria avanza sola.
Paradójicamente, el único respaldo fuerte que se vio fue el de la Presidenta de la República durante su reciente gira por Baja California. Ese gesto envió un mensaje político claro. Pero fuera de ese acompañamiento, no se ha visto un cierre de filas amplio ni constante.
Hoy Marina del Pilar Ávila Olmeda enfrenta críticas duras, señalamientos graves y una conversación digital que no le da tregua. Pero también enfrenta algo igual de complicado: la falta de una defensa sólida desde su propio entorno.
La dejaron sola frente al ruido. Y en política, cuando dejas sola a tu figura principal, el problema no es solo el ataque de afuera, sino el vacío de adentro.
