
Hay piedras tan pequeñas que uno decide no detenerse a sacarlas del zapato. Al principio apenas molestan, después rozan, luego lastiman y finalmente terminan modificando hasta la manera de caminar. El problema nunca fue el tamaño de la piedra, sino haber creído que se podía recorrer un camino largo cargándola. Y en política pasa exactamente lo mismo: aquello que hoy parece una incomodidad menor puede convertirse, kilómetros después, en la razón por la que alguien no llegue a la meta.
Ismael Burgueño quiere caminar lejos. Su nombre está colocado en la conversación política rumbo a la sucesión de Baja California y su proyecto evidentemente pretende trascender la Presidencia Municipal de Tijuana. Pero para llegar a una candidatura de esa dimensión no basta con tener buenos números, estructura o cercanía con quienes toman decisiones: también hay que llegar sin demasiadas piedras dentro del zapato.
Y una de ellas tiene nombre y apellido: Teresita Balderas.
No porque la síndica procuradora sea responsable de todos los problemas de la administración, ni porque exista hasta este momento un elemento que permita atribuirle alguna conducta ilegal en su relación con Burgueño. El problema es otro: la cantidad de cuestionamientos que ha acumulado alrededor de su actuación y, particularmente, de su cercanía con el propio alcalde.
No es un tema nuevo. Prácticamente desde el inicio de la administración se ha hablado de la estrecha relación entre ambos. Teresita ha sido una presencia recurrente alrededor de Ismael en actos, eventos y actividades públicas, construyendo una imagen de proximidad que resulta particularmente delicada por el cargo que ella ocupa.
Porque Teresita no es una secretaria del Ayuntamiento, ni una directora de área, ni una colaboradora del presidente municipal. Es la síndica procuradora. Es decir, encabeza precisamente el órgano que debe vigilar, fiscalizar e investigar la actuación de la administración municipal.
Ahí comienza la contradicción.
No existe absolutamente nada malo en que un alcalde y una síndica tengan una relación institucional cordial. Sería absurdo exigirles pleito permanente para demostrar independencia. Pero entre coordinación institucional y cercanía política existe una distancia que debe cuidarse, precisamente porque la credibilidad de una Sindicatura depende de que los ciudadanos puedan verla como contrapeso.
Y esa distancia es la que durante demasiado tiempo se ha cuestionado en Tijuana.
Las críticas hacia Teresita se han ido acumulando. Algunas podrán ser justas y otras exageradas; algunas tendrán sustento y otras responderán simplemente a la grilla política. Pero todas juntas producen algo que cualquier aspirante a gobernador debería observar con atención: desgaste.
Porque cada cuestionamiento dirigido hacia la síndica termina inevitablemente salpicando a Ismael. Si alguien cuestiona la independencia de quien debe fiscalizar al gobierno, inmediatamente aparece una segunda pregunta: ¿qué tan fiscalizado estuvo entonces el gobierno?
Ese es el verdadero tamaño de la piedra.
Y resulta paradójico porque una Sindicatura fuerte, incómoda e independiente habría sido uno de los mejores argumentos políticos para Burgueño. Una Teresita capaz de marcar públicamente distancia, señalar errores y demostrar que nadie dentro del Ayuntamiento estaba fuera del alcance de la fiscalización habría fortalecido al propio alcalde.
Pero políticamente se construyó otra fotografía.
La de una síndica demasiado cercana al alcalde. La de una funcionaria cuya relación con Burgueño ha sido objeto recurrente de comentarios y cuestionamientos. Y alrededor de esa cercanía incluso han circulado versiones que pretenden llevarla más allá del ámbito profesional, pero mientras no existan pruebas que acrediten algo distinto, ahí deben permanecer: como versiones.
Porque tampoco hacen falta.
La discusión política verdaderamente importante no está en la vida privada de Teresita ni de Ismael. Está en algo mucho más sencillo y comprobable: la apariencia de independencia que debe guardar quien fiscaliza frente a quien es fiscalizado.
Y cuando parecía que esa discusión podía quedarse como uno más de los temas que acompañaron a la administración municipal, llegó la propia Teresita a ponerle nuevamente gasolina.
La coronación fue su última publicación.
Con motivo del cumpleaños de Burgueño, la síndica publicó una fotografía de ambos y escribió: “¡Feliz vuelta al sol!”. Hasta ahí, una felicitación. Pero después vino una frase políticamente mucho más interesante: deseó al “Presidente con Licencia, Ismael Burgueño” mucha prosperidad y éxito “para alcanzar todas sus metas”.
¿Todas cuáles?
Teresita no lo explica y tampoco corresponde inventarlo. Pero en política las palabras no existen en el vacío. Mucho menos cuando quien recibe la felicitación es un alcalde con licencia cuyo nombre está colocado en la conversación sucesoria de Baja California.
Y entonces la fotografía vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta que Teresita debería estar interesada en desaparecer: ¿estamos viendo a la responsable de fiscalizar una administración o a alguien acompañando políticamente el proyecto de quien la encabezó?
Ese post pudo haber sido simplemente el mensaje afectuoso de una amiga. El problema es que Teresita no es cualquier amiga. Es la síndica procuradora. Y cuando se ocupa una posición de esa naturaleza, hasta las demostraciones personales tienen lectura política, particularmente después de una administración marcada por cuestionamientos precisamente sobre la cercanía entre ambos.
Eso es lo que aparentemente no termina de entender.
Cada fotografía, cada mensaje y cada gesto que refuerza esa percepción agrega una piedrita más al zapato de Burgueño. Y cuando Ismael solamente tenía que recorrer los pasillos de Palacio Municipal quizá podía darse el lujo de caminar con ellas. Pero ahora pretende correr una carrera mucho más larga.
La gubernatura de Baja California no se gana solamente con popularidad. Una candidatura de ese tamaño obliga a revisar expedientes, gobiernos, colaboradores, decisiones, relaciones y flancos vulnerables. Y los adversarios de Burgueño tendrán meses para encontrar exactamente dónde apretar.
Teresita les está dejando demasiado fácil uno de esos flancos.
No porque exista una irregularidad demostrada, sino porque la percepción política ya está construida. Y en política las percepciones, cuando se alimentan durante suficiente tiempo, pueden terminar siendo tan costosas como los propios hechos.
Por eso Teresita Balderas corre el riesgo de convertirse en la piedra en el zapato de Ismael Burgueño. Una piedra que comenzó siendo pequeña, que pudo haberse retirado mediante una clara distancia institucional y que, en cambio, ha seguido creciendo a fuerza de cuestionamientos, exposiciones innecesarias y mensajes que vuelven a colocar su cercanía en el centro de la conversación.
Ismael quiere llegar a la gubernatura. Para hacerlo tendrá que caminar todavía muchos kilómetros y enfrentarse a adversarios que no le regalarán absolutamente nada. Quizá por eso, antes de comenzar la parte más complicada del recorrido, debería detenerse un momento y revisar qué lleva dentro de los zapatos.
Porque las piedras rara vez derriban a alguien de un solo golpe. Primero incomodan. Después rozan. Más tarde lastiman. Y finalmente pueden conseguir que un caminante llegue rengueando o, peor todavía, que no llegue.
La piedra se llama Teresita Balderas. Y si Ismael Burgueño realmente quiere caminar hasta la gubernatura, más le vale preguntarse cuánto tiempo más puede seguir cargándola dentro del zapato.