
En política casi nada pasa porque sí. Y menos cuando hablamos de Morena en Baja California. Si en cuestión de días Julieta Ramírez aparece muy sonriente primero con Jaime Bonilla y luego sentada comiendo con Jesús Ruiz Uribe, mientras empieza a hablar de “unidad”, “principios” y de “cuidar el movimiento”, pues tampoco hay que ser Sherlock Holmes para entender que algo pasó.
Primero fue Bonilla. Una foto que por sí sola ya levantaba cejas, porque no estamos hablando precisamente de dos personajes que hayan caminado siempre agarrados de la mano. Pero luego vino Ruiz Uribe. Y ahí la cosa ya empezó a oler menos a casualidad y más a operación política.
Dos fotos. Dos personajes. Una misma semana. Y prácticamente el mismo mensaje: ya no toca agarrarse del chongo; ahora toca unidad.
¿Y qué cambió tan rápido? Porque hasta donde sabemos, nadie repartió abrazos, borró agravios ni hizo terapia colectiva en Morena. Los pleitos siguen ahí. Las heridas también. Y las ganas de quedarse con las candidaturas del 2027, ni se diga.
Lo que sí pasó, y ahí está el detalle, fue aquella reunión en la Ciudad de México donde sentaron a varios de los que traen boleto —o creen traerlo— para la carrera del 2027 en Baja California.
Oficialmente, claro, fue una reunión de trabajo. Porque en política todas las reuniones incómodas son “de trabajo”, todos los jalones de orejas son “diálogo” y todas las llamadas al orden terminan convertidas en “unidad”.
Pero uno no tiene que estar debajo de la mesa para entender el mensaje.
Por lo que se ha venido comentando en los corrillos políticos, desde arriba les habrían dicho, palabras más, palabras menos: bájenle dos rayitas.
Ya estuvo bueno de estarse madreando entre ustedes. Ya estuvo bueno de sacar los trapitos al sol. Ya estuvo bueno de que cada grupo de Morena en Baja California parezca más preocupado por joder al de enfrente que por cuidar al propio partido.
Y, curiosamente, después de aquella reunión comenzaron los milagros.
Julieta aparece con Bonilla. Foto, sonrisa y cordialidad. Días después se sienta con Ruiz Uribe en El Dragón, el conocido restaurante de Mexicali, y ahora el mensaje es que tuvieron una buena plática sobre “lo que nos une”, sus “principios y convicciones” y “el compromiso de cuidar este movimiento”. Hasta parece que siempre fueron una gran familia.
Nomás faltó la foto abrazados y el “aquí nunca pasó nada”.
Pero pasó. Y pasó mucho.
Porque durante años Morena en Baja California ha vivido dividido en grupos que se toleran cuando les conviene y se dan con todo cuando pueden. Bonillistas, marinistas y quienes intentan construir su propia parcela. Todos bajo las mismas siglas, pero no necesariamente bajo el mismo techo político.
Por eso sería bastante ingenuo pensar que dos fotografías acabaron con años de pleitos. Aquí nadie se volvió amigo de nadie de un día para otro. Lo que cambió no fueron los afectos. Cambió la instrucción.
Y la instrucción parece bastante sencilla: guarden los cuchillos, sonrían para la foto y dejen de hacerse pedazos en público porque el 2027 ya viene encima.
Porque no nos hagamos tampoco con eso. Falta para que arranque oficialmente el proceso electoral, sí. Pero políticamente ya arrancó. Todos hacen cuentas, todos se miden, todos buscan padrinos, todos quieren aparecer en la encuesta correcta y todos juran que todavía “no son los tiempos”. Ajá.
Por eso las fotos de Julieta dicen bastante más de lo que parece. No necesariamente nos están enseñando que llegó la paz a Morena. Nos están enseñando que alguien entendió que seguir con el pleito abierto era una estupidez política y que había que poner orden antes de que todos terminaran perdiendo.
Así que no, probablemente Bonilla no se volvió marinista, Ruiz Uribe no olvidó sus diferencias y los distintos grupos tampoco amanecieron convertidos en mejores amigos. Simplemente parece que desde la Ciudad de México alguien golpeó la mesa y les recordó algo elemental: primero conserven la casa y después se pelean por quién se queda con el cuarto más grande.
La orden llegó desde arriba: bájenle dos rayitas. Y por lo pronto parece que hicieron caso. Ahora falta ver cuánto les dura el amor, porque cuando empiecen a repartirse de verdad las candidaturas del 2027, entonces sí vamos a descubrir si aquello era unidad… o nomás escondieron los cuchillos para salir bonitos en la foto.