
A Claudia Sheinbaum no la están exhibiendo sus adversarios. La están exhibiendo sus propios asesores, que parecen empeñados en convertir cada intento de propaganda en un nuevo motivo de burla. Lo del AIFA no fue un detalle menor ni una simple discusión de redes. Fue otro tropezón que deja ver que en el círculo presidencial alguien está operando con una mezcla de soberbia, prisa y descuido que ya empieza a ser costumbre.
Todo comenzó cuando, desde su cuenta oficial de X, se quiso presumir que el Aeropuerto Internacional Felipe Ángelesestaba prácticamente a reventar, lleno de pasajeros y convertido en una postal de éxito. Para reforzar esa narrativa se difundieron imágenes que pretendían mostrar una terminal saturada y en plena ebullición. Pero el intento se les vino abajo porque los propios detalles de las imágenes terminaron delatándolos: rasgos deformes, inconsistencias evidentes y errores visuales que desataron señalamientos de que se trataba de material generado o manipulado con inteligencia artificial.
Bastó que la gente afinara la vista para que aparecieran los detalles que desataron la sospecha: un hombre con aparente doble oreja, una mujer con un dedo extra mientras sostiene un café, formas raras, deformaciones visuales y ese tipo de errores que hoy cualquiera relaciona de inmediato con contenidos hechos o alterados con inteligencia artificial.
Ahí fue donde se les vino abajo el montaje. Porque la conversación dejó de girar en torno al supuesto éxito del aeropuerto y se centró en una duda mucho más devastadora: si la propia Presidencia de la República está difundiendo imágenes dudosas para fabricar percepción. Y cuando una oficina presidencial entra en ese terreno, el problema ya no es digital. Es político.
La Presidencia no puede darse el lujo de parecer una cuenta desesperada por aparentar. No puede subir contenido que huela a parche, a corrección barata o a truco visual. Una cosa es comunicar políticamente y otra muy distinta es hacerlo con la torpeza de quien cree que a la gente se le puede vender cualquier cosa mientras se vea más o menos bonita en pantalla.
Lo peor es que este episodio no llegó solo. Viene cargando el antecedente reciente de otro ridículo monumental: aquel intento de hacer pasar como inteligencia artificial la imagen de una mujer supuestamente asoleándose en Palacio Nacional. En vez de investigar con seriedad, el aparato oficial quiso desactivar el tema con una salida fácil, soberbia y tramposa: decir que era falso, que era manipulado, que era producto de la IA.
Y luego vino la realidad a ponerlos en su lugar. Resultó que el hecho sí había ocurrido. Es decir, primero quisieron verle la cara al país con el cuento de la manipulación digital y después tuvieron que recular. Ese tipo de papelones no solo desgastan a un vocero o a un área de comunicación. Golpean directo la credibilidad del poder.
Por eso lo del AIFA pega doble. Porque cuando un gobierno ya usó la carta de “es inteligencia artificial” para desacreditar algo real, después no puede sorprenderse de que medio mundo sospeche cuando publica imágenes con errores tan evidentes. Ellos mismos sembraron la desconfianza y ahora están cosechando el descrédito.
Aquí no hay un problema de tecnología. Hay un problema de cabeza. Hay un problema de criterio. Hay gente en el entorno presidencial que no está entendiendo que cada imagen publicada desde una cuenta oficial tiene peso político, costo reputacional y potencial de crisis. O no lo entienden, o lo entienden y aun así trabajan con una frivolidad escandalosa.
Porque además ni siquiera era necesario arriesgarse así. Si querían defender al AIFA, podían hacerlo con cifras, con testimonios, con datos, con información dura, con una operación de comunicación limpia. Pero prefirieron la vía rápida, la del impacto visual, la del efectismo, la de la postal demasiado perfecta. Y cuando en política algo se ve demasiado perfecto, muchas veces lo que proyecta no es fuerza, sino falsedad.
Lo delicado para Sheinbaum es que estos errores se acumulan. Y la credibilidad no se derrumba de una sola vez, sino por goteo. Se rompe cada vez que un gobierno exagera, niega mal, corrige tarde o difunde contenido que parece más propaganda improvisada que comunicación institucional seria. Así es como se va desgastando la palabra oficial.
Porque si el equipo presidencial no puede cuidar una imagen, menos confianza inspira para manejar una crisis real. Si no pueden revisar una fotografía antes de publicarla, ¿cómo pretenden convencer al país de que revisan con rigor temas mucho más graves? Ese es el verdadero costo del ridículo: no la burla del día, sino la pérdida progresiva de autoridad.
Y aquí hay otro ingrediente todavía más preocupante: la arrogancia. Esa tentación del poder de creer que todo puede acomodarse con una explicación rápida, una descalificación al crítico o un giro discursivo de última hora. Como si la opinión pública todavía funcionara con obediencia automática. Como si la gente no observara, no comparara y no recordara.
No entienden que hoy cada error visual se vuelve una prueba de algo más grande. No se trata solo de una doble oreja o de un dedo extra. Se trata de lo que esos detalles sugieren: que en la oficina presidencial están más preocupados por empujar una narrativa que por cuidar la verdad, la consistencia y la inteligencia política mínima que exige el cargo.
Quisieron presumir un aeropuerto lleno y terminaron exhibiendo una oficina vacía de rigor. Quisieron proyectar fortaleza y acabaron alimentando sospechas. Quisieron controlar la conversación y lo único que lograron fue abrir otro flanco de desgaste. Eso pasa cuando la comunicación deja de ser estrategia y se convierte en ocurrencia.
A estas alturas, el problema para Claudia Sheinbaum ya no es solo el error puntual. El problema es el patrón. Un error tras otro. Una mala salida tras otra. Una defensa absurda tras otra. Y en todos los casos aparece la misma conclusión: a la presidenta no la está traicionando la inteligencia artificial. La están traicionando, y de manera escandalosa, los asesores que la rodean.